La confesión de la ternura

Nos dice Andrés Neuman sobre la crianza: “¿quién cuida a quién?, ¿quién moviliza la infancia de quién? y sobre todo ¿quiénes aprendemos más durante este proceso?”

Gerardo Colmenero

3/30/20258 min read

Andrés Neuman escribe ficción y poesía, y desde hace algunos años también es padre. Conocí a Neuman en un salón de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara hace más de 7 años, no fue en una presentación de algún libro, fue mejor, hablaba apasionadamente sobre literatura. Andrés me deslumbró por su elocuencia, así como por sus conocimientos y la forma tan exquisita de compartirlos, me inspiró también la sensibilidad con la que se expresaba sobre este arte y la vida.

He leído de él sobre todo cuentos y en 2022 leí su libro titulado Umbilical (El conmovedor relato de la gestación de un padre, así describe este libro su editorial Alfaguara y me encanta). El libro llamó de inmediato mi atención y lo adquirí, y hace poco me hice de su último libro Pequeño hablante, el cual es la continuación de Umbilical.

Andrés Neuman en ambos libros se da permiso para sentir, para asombrarse, para descubrir la paternidad y en el acto descubrirse. Es un papá huérfano, así se dice él, su madre murió cuando él era pequeño. Su padre, con más de setenta años, narra Neuman en el libro que le pidió que le enseñará a cambiar los pañales a su nieto, dice Andrés que sintió al mismo tiempo agradecimiento y enojo, porque entonces quién se los cambiaba a él de bebé.

Andrés Neuman profundiza en ambas obras sobre esa reciprocidad tan poco valorada y que a mi parecer es urgente sentirla y pensarla, esa reciprocidad que a veces pasa desapercibida porque solo es común pensar en qué le vamos a enseñar o qué mundo le vamos a dejar al hijo o la hija; sin embargo, la reciprocidad real es también enterarnos como padres a través de la relación diaria sobre qué emociones tenemos vivas y nos mueven, quiénes somos y quiénes queremos ser, además de quien o cómo ya no queremos ser.

Nos dice Andrés Neuman sobre la crianza: “¿quién cuida a quién?, ¿quién moviliza la infancia de quién? y sobre todo ¿quiénes aprendemos más durante este proceso?” Considero que cualquier conducta de los hijos, y sobre todo la llamada mala conducta, es un llamamiento a una mayor conciencia de los padres, son oportunidades valiosas para evolucionar.

Shefali Tsabary, pionera en crianza consciente escribe “La conciencia equivale a estar alerta, realmente alerta, a todo lo que estamos experimentando. Supone ser capaz de responder a la realidad que tenemos delante mientras se despliega a cada momento. Esta realidad quizá no sea lo que nos decimos que debería ser, es lo que es.” Y así es como vive Andrés Neuman la paternidad, presente y atento a las revelaciones, maravillándose por ese pequeño hablante:

—Pasó coche.

Me dice, nada menos.

Pasó coche, con todo su pretérito. Ya declara que hay algo que se va, que no todo es presente.

Que hay algo que se marcha.

—Pasó coche.

Nos quedamos inmóviles oyendo su rumor, hasta que se disipa.

Y hay alguien que se aleja, y es mi hijo pasado, a la velocidad de las palabras.

Andrés se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Granada así que no es casual que esté viviendo intensamente el amanecer del lenguaje en Telmo, su niño:

“Desde que nuestro hijo chapurrea, ha empezado a pegarle a su mamá. Son bofetadas breves, temerosas, como quien explorase alguna ley sagrada. Censuramos su gesto. Se arrepiente. Y reincide.

Cuando era preverbal, no le faltaba nada a su lenguaje. Se sentía completo exactamente así. Pero, ahora que sabe que apenas sabe hablar, lo noto incómodo con sus limitaciones. Tiene que combatir para expresarse. Escucha el eco de sus omisiones.

La violencia sin nombre de la lengua materna.”

La palabra chapurrear significa hablar una lengua con dificultad, y todo esto me recuerda a Dan Millman quien escribió que el nacimiento del intelecto es la muerte de los sentidos, “cada niño vive en un jardín luminoso en el que todo se percibe directamente, sin la interferencia del pensamiento, la ‘caída del estado de gracia’ nos llega a todos cuando empezamos a pensar, cuando comenzamos a denominar las cosas y saber.” Suena como uno de los primeros duelos del ser humano. Escuché en una entrevista a Andrés Neuman decir al respecto: “El milagro y el dolor que es nombrar y dejar tanto afuera cuando nombramos.”

Andres ha comentado sobre estas obras que le gusta poner el énfasis en la zona luminosa, y que como padres en el cumplir con el deber y en el hacerse cargo no hay gozo, y si lo hubiera, hay aprendizaje y reparación de la infancia, ahí es donde se entrelazan placeres con pareceres en equilibro.

Estas obras de Neuman son una narrativa poco frecuente en la literatura, una que es más humana que cualquier libro de crianza: es la confesión de la ternura, la amorosa expresión de la conexión del padre y el hijo. Andrés ha escrito quizá para que los padres sean valientes y se comuniquen con los hijos desde esa vulnerabilidad que conecta y nos hace reales.

“¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, básicamente, más reales.” Gabriel Zaid

Andrés Neuman escribe ficción y poesía, y desde hace algunos años también es padre. Conocí a Neuman en un salón de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara hace más de 7 años, no fue en una presentación de algún libro, fue mejor, hablaba apasionadamente sobre literatura. Andrés me deslumbró por su elocuencia, así como por sus conocimientos y la forma tan exquisita de compartirlos, me inspiró también la sensibilidad con la que se expresaba sobre este arte y la vida.

He leído de él sobre todo cuentos y en 2022 leí su libro titulado Umbilical (El conmovedor relato de la gestación de un padre, así describe este libro su editorial Alfaguara y me encanta). El libro llamó de inmediato mi atención y lo adquirí, y hace poco me hice de su último libro Pequeño hablante, el cual es la continuación de Umbilical.

Andrés Neuman en ambos libros se da permiso para sentir, para asombrarse, para descubrir la paternidad y en el acto descubrirse. Es un papá huérfano, así se dice él, su madre murió cuando él era pequeño. Su padre, con más de setenta años, narra Neuman en el libro que le pidió que le enseñará a cambiar los pañales a su nieto, dice Andrés que sintió al mismo tiempo agradecimiento y enojo, porque entonces quién se los cambiaba a él de bebé.

Andrés Neuman profundiza en ambas obras sobre esa reciprocidad tan poco valorada y que a mi parecer es urgente sentirla y pensarla, esa reciprocidad que a veces pasa desapercibida porque solo es común pensar en qué le vamos a enseñar o qué mundo le vamos a dejar al hijo o la hija; sin embargo, la reciprocidad real es también enterarnos como padres a través de la relación diaria sobre qué emociones tenemos vivas y nos mueven, quiénes somos y quiénes queremos ser, además de quien o cómo ya no queremos ser.

Nos dice Andrés Neuman sobre la crianza: “¿quién cuida a quién?, ¿quién moviliza la infancia de quién? y sobre todo ¿quiénes aprendemos más durante este proceso?” Considero que cualquier conducta de los hijos, y sobre todo la llamada mala conducta, es un llamamiento a una mayor conciencia de los padres, son oportunidades valiosas para evolucionar.

Shefali Tsabary, pionera en crianza consciente escribe “La conciencia equivale a estar alerta, realmente alerta, a todo lo que estamos experimentando. Supone ser capaz de responder a la realidad que tenemos delante mientras se despliega a cada momento. Esta realidad quizá no sea lo que nos decimos que debería ser, es lo que es.” Y así es como vive Andrés Neuman la paternidad, presente y atento a las revelaciones, maravillándose por ese pequeño hablante:

—Pasó coche.

Me dice, nada menos.

Pasó coche, con todo su pretérito. Ya declara que hay algo que se va, que no todo es presente.

Que hay algo que se marcha.

—Pasó coche.

Nos quedamos inmóviles oyendo su rumor, hasta que se disipa.

Y hay alguien que se aleja, y es mi hijo pasado, a la velocidad de las palabras.

Andrés se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Granada así que no es casual que esté viviendo intensamente el amanecer del lenguaje en Telmo, su niño:

“Desde que nuestro hijo chapurrea, ha empezado a pegarle a su mamá. Son bofetadas breves, temerosas, como quien explorase alguna ley sagrada. Censuramos su gesto. Se arrepiente. Y reincide.

Cuando era preverbal, no le faltaba nada a su lenguaje. Se sentía completo exactamente así. Pero, ahora que sabe que apenas sabe hablar, lo noto incómodo con sus limitaciones. Tiene que combatir para expresarse. Escucha el eco de sus omisiones.

La violencia sin nombre de la lengua materna.”

La palabra chapurrear significa hablar una lengua con dificultad, y todo esto me recuerda a Dan Millman quien escribió que el nacimiento del intelecto es la muerte de los sentidos, “cada niño vive en un jardín luminoso en el que todo se percibe directamente, sin la interferencia del pensamiento, la ‘caída del estado de gracia’ nos llega a todos cuando empezamos a pensar, cuando comenzamos a denominar las cosas y saber.” Suena como uno de los primeros duelos del ser humano. Escuché en una entrevista a Andrés Neuman decir al respecto: “El milagro y el dolor que es nombrar y dejar tanto afuera cuando nombramos.”

Andres ha comentado sobre estas obras que le gusta poner el énfasis en la zona luminosa, y que como padres en el cumplir con el deber y en el hacerse cargo no hay gozo, y si lo hubiera, hay aprendizaje y reparación de la infancia, ahí es donde se entrelazan placeres con pareceres en equilibro.

Estas obras de Neuman son una narrativa poco frecuente en la literatura, una que es más humana que cualquier libro de crianza: es la confesión de la ternura, la amorosa expresión de la conexión del padre y el hijo. Andrés ha escrito quizá para que los padres sean valientes y se comuniquen con los hijos desde esa vulnerabilidad que conecta y nos hace reales.

“¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, básicamente, más reales.” Gabriel Zaid